Parada de pie en uno de los extremos de la enorme habitación, lo suficientemente lejos como para no escuchar la conversación que el resto mantenía, observaba el único balcón que veía desde hacía ya unos cuantos años.
Se notaba que la madera estaba vieja y que no cerraba del todo bien porque cuando acercaba la mano izquierda a uno de los bordes en los que se unía a la pared, sentía como un pequeño hilo de aire muy frío le acariciaba.
La sensación de opresión y pesadez que le transmitían aquellos dos enormes trozos de tela que caían de los laterales era comparable con lo incómodas que resultaban esas mañanas de jueves. Quizá todavía no tuviese la edad suficiente para comprender qué pasaba allí, pero sí para sentir que no era algo que pudiese contar a los demás.
El cuarto día de cada semana se despertaba y se ponía el vestido blanco que su madre dejaba sobre el sillón color cereza que había formado parte de esa habitación incluso antes de que ella naciese, bajaba a desayunar sola y corría hacia la puerta en la que esperaba el resto de la familia con impaciencia.
Sabía que le esperaban allí porque le encantaba coger las llaves y abrir ella la puerta del coche para ocupar su sitio y poder apoyarse en la ventanilla e imaginar un mundo diferente al que se veía a través del cristal. Uno en el que todos esos extraños objetos que alguna que otra vez había podido ver de reojo en las reuniones de los jueves, tomaban sus respectivos puestos y cumplían funciones que realmente no podía saber si eran las suyas, pero que en su imaginación resultaban bastante divertidas.
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